Introducción
El agresivo ataque del Covid-19 debe contarse desde el pie
de una cama de hospital, solo así se puede entender la magnitud de esta
pandemia.
En una habitación de
hospital, un paciente enfermo de Covid-19 está conectado a un respirador
artificial, con un suero en su muñeca, un oxímetro en su dedo índice, una de
esas máquinas le registraba su frecuencia respiratoria y presión arterial, una
especie de martirio escuchar ese isócrono murmullo, «bip, bip, bip…».
El mundo se enfrenta a un virus malicioso, y ha puesto a
todo el planeta contra las cuerdas, y especialmente al sistema de salud, los
médicos están desconcertados… Los sistemas de salud ya resultaban insuficientes
para resolver problemas cotidianos de la salud, mucho menos estaban preparados
para enfrentar una situación de desastre que, en cualquier caso, excedía sus
capacidades.
¿Qué le hace el virus a nuestros pulmones, porqué condena a
los pacientes más vulnerables a un respirador, y doblega incluso a los más
fuertes a la tos seca, la fiebre y el dolor?
...Pulmones que asemejan un vidrio esmerilado, vías de
contaminación que provocan falta de aire, estos son los sellos distintivos del
ataque del Covid-19, su firma malévola.
Son radiografías y tomografías tomadas de pacientes de Covid-19,
del severo daño que el virus le hace a nuestros pulmones, son imágenes
impactantes que nos hacen respetarlo, que nos obligan a ser cautelosos y a cumplir
las medidas de la cuarentena.
Son las placas de pacientes infectados con coronavirus, una
opacidad en el vidrio, es una especie de velo brumoso que enferma al pulmón, es
el coronavirus que quiere ganar la batalla, en el cuerpo humano se libran dos
batallas, el coronavirus y el organismo contaminado defendiéndose a ciegas.
El SARS-CoV-2 es un tipo de coronavirus que, como los otros
conocidos, se caracteriza por tener espinas alrededor, como una corona. Estas
extensiones le sirven para adherirse a las células de los seres en los que penetra.
Para ello debe que engañar al sistema, de lo contrario no podría, al cubrirse
de azúcares, los virus son como un lobo con piel de cordero.
Por eso, las púas están recubiertas de glicanos, que son polisacáridos
que también se encuentran naturalmente en la superficie de las células humanas,
funcionan como un disfraz, permitiendo al virus eludir las barreras del sistema
inmunológico.
Luego de atacar las células del organismo y replicarse, el coronavirus
y sus espigas alcanzan la matriz del sistema respiratorio, invadiendo y
contaminando los alveolos de los pulmones, que son pequeños sacos de aire,
responsables de la respiración, el intercambio gaseoso de la sangre y los
pulmones, la función del coronavirus es paralizar esta función en el menor
tiempo posible.
Si el pulmón se lesiona o infecta, el sistema inmunitario se
activa y ataca al enemigo invasor que se prolifera, lanza toda su artillería de
manera indiscriminada, mata todo lo que se interpone en su camino e incluso daña
el tejido sano y hasta nuestros órganos sanos, en su afán de destruirlo, y el
deterioro puede ser acelerado. La inflamación hace que los alveolos se llenen
de líquido, lo que dificulta obtener el oxígeno que necesitamos, exhalar el
aire malo y absorber el bueno, esto puede llevar a una neumonía. Malas
noticias, el paciente deberá ser conectado a un ventilador mecánico.
Y como todos sabemos, toda guerra acarrea daños colaterales.
El virus produce en el pulmón un daño bastante serio, y seguramente va a dejar
secuelas, durante un año, dos años o diez años. Incluso se habla de fibrosis
pulmonar, es una afección, donde el tejido profundo de los pulmones se va
cicatrizando. Esto hace que el tejido se vuelva grueso y duro. Esto dificulta
recuperar el aliento y es posible que la sangre no reciba suficiente oxígeno.
Una cosa es la cicatriz en el pulmón, otra es en el alma.
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